El chico de Varsovia, 1943

El túnel del odio y la amenaza a la democracia

El pasado domingo (07), se concluyó la primera vuelta de las elecciones en Brasil y una amenaza real la democracia se presenta en el horizonte. En medio de una intensa polarización, entre dos campos políticos completamente abismados el uno al otro, un clima de odio se instaló, llevando grandes contingentes de la población brasileña a una lucha casi fratricida, donde los mayores derrotados acaban siendo a todos indiscriminadamente, principalmente los estratos medios y bajos de la clase trabajadora.

Cuando pienso en el contexto brasileño me viene a la cabeza casi instantáneamente, las coyunturas históricas de Alemania e Italia, en la década de 1920. Respetadas las debidas especificidades temporales, verificamos semejanzas espectaculares. En primer lugar, una crisis económica acaparante; Segundo, una clase trabajadora en estado avanzado de penuria y desilusionada con las instituciones democráticas; Tercero, una extrema derecha extremadamente conservadora, con un discurso moralizante que, acaba por presentarse como alternativa política, presentando soluciones fáciles y simplistas para resolver los problemas de todo el país. Cuarto, por fin, una social democracia dividida y sumida en disputas de poder, que no consigue ponerse y enfrentar, en los mismos niveles, toda la ola conservadora.

Sabemos cómo terminó el ascenso de los nazifascistas al poder, en Alemania e Italia. Los propios alemanes e italianos del siglo XXI, tienen noción del peligro que es todo este avance neofascista y, algunos de ellos, ya advirtieron del peligro que sería si un candidato con este ideario fuese victorioso en una elección. No sólo ellos, pero varias organizaciones, periódicos, revistas, intelectuales y partidos, conservadores y progresistas, intentan demostrar el peligro de la ascensión de la extrema derecha. Sólo que, una parte del pueblo brasileño, no ve o no da la debida atención a estas alertas.

En los últimos años, la crisis económica que asola y aplasta cada vez más los extractos medios y periféricos de la sociedad brasileña y la inanición del poder público para resolver y detener esta sangría llevó a que algunos de ellos se desilusionen casi totalmente con las organizaciones partidistas tradicionales . Esto fue terreno fértil para los ultraderechistas que ahora congregan gran parte de éstos, sobre su órbita de influencia. Los 49 millones de votos adquiridos por el candidato Jair Bolsonaro, representan bien la fuerza que este discurso de odio, tiene sobre las grandes masas de trabajadores. Importancia, que los lleva a cerrar a cualquier otra perspectiva.

También, además de la imposibilidad de estos trabajadores en ver alternativa, no logran vislumbrar los reales peligros que este discurso reaccionario carga. La retirada de derechos sociales, el aumento de la disparidad salarial entre géneros, la limitación de las libertades políticas e individuales, entre otros, son posibilidades engendradas en medio de un programa cargado de frases de efecto. Y, las otras organizaciones partidistas, fallaron y aún tienen dificultades de presentarse como otro camino menos tortuoso que aquel. Es sólo verificar las dificultades que la candidatura de Fernando Haddad (y otros también), han tenido que adentrar en medio de estos contingentes, así como también en medio de aquellos que no son contemplados por ninguna de las candidaturas en disputa (se ve los casi millones de votos blancos, nulos y abstenciones).

En este contexto, la democracia brasileña acaba por correr riesgo de ser profundamente transformada y, no para mejor. Una transformación que puede significar efectos nocivos a medio y largo plazo, principalmente para los grupos más pobres de la sociedad. Estamos en medio de un túnel, donde la luz puede tardar en presentarse en el horizonte. Es necesario que todos puedan ir más allá de la tensión polarizada en que la mayoría de la población se encuentra para poder entender todo lo que está sucediendo y las dificultades que estamos enfrentando. Ella está turbando nuestra visión y limitando nuestra mirada sobre el todo. Si no ponemos las gafas del buen sentido, de la paciencia, si no damos algunos pasos atrás, lejos de toda esta disputa entre cualquiera de los lados, podemos tirar más de treinta años de una nueva república que, lejos de ser perfecta, es a la que todavía nos garantiza algunas libertades para poder desarrollar y mejorar un Brasil aún profundamente desigual.

Por: Profesor | Alan Nunes * Bica

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